🇪🇸 Spanish · A1–B1 · Chapter 48 of 48

Capítulo 48: En un lugar de la Mancha

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Capítulo 48: En un lugar de la Mancha

Al amanecer, Alonso Quijano abrió los ojos por última vez. Miró a su sobrina, al ama, y sobre todo a Sancho, que lloraba en silencio.

—No lloren por mí —dijo, con una voz muy débil—. He vivido feliz, y ahora muero en paz.

Cerró los ojos otra vez, y ya no los abrió más. Murió tranquilo, entre las lágrimas de todos los que lo querían. Fuera, el sol de la mañana entraba despacio por la ventana.

Esa semana, el pueblo entero fue a decirle adiós. El cura, el barbero, Sansón Carrasco, Teresa y Sanchica: todos lloraron por Alonso Quijano. Después, poco a poco, la casa quedó en silencio.

En el establo, ya no había ningún caballo: estaba vacío y en silencio. En la habitación donde antes estaban los libros, ahora no había nada.

Los libros de caballerías habían desaparecido para siempre. Nadie recordaba ya dónde estaban.

Sancho, cada tarde, iba a los campos con su rucio, pensando en su amigo. A veces, casi podía oír una voz que le hablaba de gigantes y de justicia. Pero era solo el viento entre los árboles.

En la plaza del pueblo, unos niños jugaban con cañas de madera. —¡Yo soy el caballero! —gritaba uno, con la caña como lanza—. —¡Y yo, su escudero! —respondía otro, riendo—.

Los niños no sabían nada de Alonso Quijano. Solo conocían las historias de don Quijote, el caballero de la Mancha. Para ellos, esas historias, todavía, eran verdad.

En Barcelona, alguien todavía leía el libro de sus aventuras. Y en cada pueblo de España, alguien contaba su historia.

En un lugar de la Mancha hay un pueblo pequeño. En el pueblo ya no vive ningún caballero. Pero en la memoria de todos vive un buen hombre. Un hombre que leyó demasiado y amó demasiado al mundo. En una estantería de la casa vieja, un libro queda abierto.